domingo, 31 de diciembre de 2006
ANTONIO GAMONEDA
«La verdadera pasión de un poeta es la hoja en blanco»

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Si éste ha sido el annus gamonedis [premios Cervantes y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana más la medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes], el próximo se presenta aún más prometedor para el autor del Libro del frío. XLSemanal da la palabra al clásico leonés. Era obligado.

Pongamos que hablo de Madrid. Y de un «poeta de provincias», según su propia definición, Antonio Gamoneda [Oviedo, 1931], en el que nada es lo que parece. Leonés nacido en Asturias. Ensonotonado, pero con un oído para engarzar palabras que para sí quisiera el próximo niñato que aspire al Rimbaud resurrecto way of life. Con la modestia propia de la edad, pero con el Cervantes, medallón más notorio de las letras españolas, colgando aún sangrante de su pechera. Pongamos que ese poeta me insta a ayudarle a encontrar un sitio donde poder fumar sin censuras hoteleras mientras responde mis preguntas. Bar Muñoz. Dentro, parlotean, en la mesa de nuestro lado, cinco juanis que redecoran en rojo sangre sus labios, realquiladas en torno a un botellín de Mahou prejubilado. Estas niñas resabinadas son princesas. Y una máquina tragaperras llama a oración. Y, sobre nuestras cabezas, una tele escupe despojos de gloria marchita. Es la vida. Vida y poesía que se enredan como versos modernistas. Pongamos que entrevisto, entre dos paréntesis, al poeta. Y que en sus respuestas retumba la vida con la contundencia de un disparo.

XLSemanal. Le cuesta conceder entrevistas. ¿Pudor o mera precaución ante las interrogaciones?

Antonio Gamoneda. Precaución más bien, pero ante las transcripciones. Porque yo puedo expresarme mal o el periodista transcribirlo mal. Procuro librarme siempre que puedo, pero hoy estamos aquí juntos usted y yo.

XL. ¿Qué pregunta no le han hecho nunca y ve que, al final, se quedará con ganas de responder?

A.G. Creo que son muchas las preguntas que no me han hecho nunca. Pero me quedaría con ganas de responder una aparentemente muy vulgar, pero que no lo es tanto. «¿Para qué sirve la poesía?». Si me hiciesen esa pregunta, yo la contestaría encantado.

XL. Pues, nada, ahí va eso: ¿para qué sirve la poesía, don Antonio?

A.G. La poesía consiste en la conversión del pensamiento discursivo en pensamiento poético. Crea rivalidades intelectuales que pueden no existir en el exterior de la misma. Su verdadera utilidad es la siguiente: la poesía no transforma el mundo, pero sí que intensifica nuestra conciencia, crea un conocimiento de otra especie y, además, incluso la poesía fundamentada en el sufrimiento proporciona placer. Ésa es la utilidad que tiene.

XL. Y dentro de esa utilidad, ¿puede sanar?

A.G. Tanto como sanar… No sé, pero yo puedo decir que me defiendo de mis depresiones, que las tengo, escribiendo poesía. No es una curación específicamente, pero se le acerca. Lo que sí hay es una terapia poética.

XL. Existe pues un componente analgésico en cada verso.

A.G. [Asiente sonriente].

XL. Sigue fumando usted.

A.G. [Vuelve a asentir] Un poquito nada más.

XL. A pesar de la prohibición.

A.G. A pesar de la prohibición. Y debido también, quizá, a la propia prohibición. Fumo con ánimo de no estar en prohibición.

XL. Que no falte.

A.G. Ya veremos a ver...

XL. ¿Cuántos al día?

A.G. Seis pitillos.

XL. ¿Cuánto humo hay en sus versos?

A.G. ¿Humo de tabaco? No hay nada. Porque cuando yo fumaba verdaderamente, y durante 40 años fumé dos paquetes diarios, hasta que tuve que dejarlo, aunque ahora he vuelto, creí que no iba a poder escribir sin fumar. Y sí se puede. Ahora nunca fumo cuando trabajo.

XL. ¿Qué tal anda de salud?

A.G. Mis enfermedades y las alteraciones de la analítica son tan largas que llenaríamos todo el espacio de esta entrevista. Dejémoslo en que muchas, muchas enfermedades.

XL. Mentalmente al pie del cañón, ¿cuándo se jubila un poeta?

A.G. Vamos a darle un pequeño giro a la respuesta. Un poeta debe jubilarse cuando tiene conciencia de que la cosa va para abajo. Lo sensato, si la poesía fuera una tienda, sería bajar la cancela en el momento adecuado.

XL. Premiado con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana del corriente año. Una gratificación que, según sus palabras, «tampoco le vuelve loco». ¿Y eso?

A.G. Porque un premio, o una crítica positiva, o una relativa notoriedad, satisface. Pero, desde luego, no hay ninguna palpitación jubilosa excesiva en mí porque, amigo mío, la verdadera pasión de un poeta es la hoja en blanco.

XL. Recogió el premio de manos de la Reina Sofía, ¿llegó a pensar en su juventud, siendo un rojo de provincias, que viviría un momento así?

A.G. Nunca pensé en premios. Siempre me han cogido por sorpresa; a veces, sin saber siquiera que existían.No. Ni en mi juventud ni en mi madurez ni en mi vejez.

XL. ¿Republicano (o, desde ahora, no tiene más remedio que hacerse monárquico)?

A.G. Yo pienso que lo que soy es demócrata. Considero secundaria la forma institucional del Estado. Es decir, una república totalitaria para mí es mala y una monarquía democrática, buena.

XL. Y además se ha llevado el premio gordo, el Cervantes. ¿Tampoco le ha vuelto loco?

A.G. Consideraba que, en relación con el Cervantes, mi posición era la de finalista. Por fin he dejado de ser el casi permanente finalista del Cervantes para convertirme en ganador. Me ha agradado mucho recibir el premio, pero tampoco es que me haya vuelto loco

XL. Imaginemos por un momento que se lo hubiesen dado, en vez de a usted, a Ana María Matute.

A.G. ¿No se lo han dado ya?

XL. No, todavía no.

A.G. Pienso que estaría bien también. La suya es una obra amplia y sólida.

XL. ¿Son machistas las letras españolas?

A.G. Creo que ese aspecto, afortunadamente, va atenuándose hasta el punto de que hoy hay muchas autoras que están en la primera línea del escalafón literario, si es que hay un escalafón.

XL. ¿Sigue estando usted «perfectamente desinformado de la actualidad» o le cuesta?

A.G. Más bien sí. Más bien sí. Yo lo que quiero es vivir en León. Soy un provinciano vocacional que lo que quiere es estar en su casa mejor que en cualquier otro sitio. Puedo ver, por casualidad, diez minutos seguidos de televisión y la prensa normalmente se me olvida leerla. Las cosas fundamentales, que nunca suelen ser las relacionadas con la literatura, me llegan.

XL. Da la sensación de que el «mercadillo» literario (como usted lo llama) empieza a reclamarlo con insistencia. ¿Se mudará finalmente a Madrid por culpa de tanto ajetreo?

A.G. No. Ya lo dije antes. Provinciano vocacional. Cuando tenía 35 o 40 años, tiraban mucho de mí para que viniera a dirigir la editorial Taurus. Y yo me resistí y me resistí. Curiosamente fue el primer empleo que tuvo una vez que se convirtió en seglar el llamado por sus amigos duque de Alba. Pero yo me resistí.

XL. ¿Sigue viniendo y yendo de aquí a casa en autobús?

A.G. No. Hasta hace un par de años utilizaba para venir a Madrid unos coches rápidos. Pero ahora vengo en Talgo porque me permite pasear un poco, lo que me viene bien por cuestiones circulatorias. Y en el vagón extiendo la bandeja y vengo trabajando. En el autobús eso no se puede hacer.

XL. ¿Tiene carné de conducir?

A.G. Jamás. Jamás. Una vez me dejaron solo en un coche que comenzó a descender lentamente por una cuesta y acabé tirándome en marcha. Por suerte todavía era joven [sonríe irónico].

XL. Tengo entendido que se arrepiente usted del poema que escribió con el 11-M como motivo. ¿Por qué?

A.G. No me arrepiento de él, no. Lo que ocurre es que se trataba de un poema de circunstancia, pero tan fuerte que había que participar de alguna manera en la condena de ese hecho.

XL. ¿Se arrepiente de algún otro poema, verso o poemario?

A.G. Por descontado. De muchos. Pero mi arrepentimiento termina enseguida porque lo deshago, lo rompo, lo tiro y se acabó. O, yo que soy muy dado a la reescritura, lo rehago para encontrar el poema verdadero que se encuentra dentro del poema extraviado.

XL. Poeta metido, a sus 75 años, a narrador. ¿Progresa adecuadamente su autobiografía?

A.G. Hoy mismo he venido en el tren trabajando en ella. Estoy en una fase de reescritura. Mi autobiografía termina el día en que cumplo 14 años.

XL. ¿Cuándo podremos leerla?

A.G. No lo sé. No lo sé porque incluso en mi familia hay una cierta precaución a que la publique porque es muy dura. Mi vida era la vida de un niño dentro de una situación muy difícil, muy cargada de pobreza. Y, además, son los años de la guerra civil y de la posguerra, que no fue manca tampoco. Yo fui testigo infantil de cosas espantosas.

XL. ¿Qué es lo que más le ha costado recordar?

A.G. Yo he tenido siempre unos recuerdos fijos muy permanentes en mí. Cuanto empecé a escribir estas memorias no pensaba nada más que en esos recuerdos.Pero esos recuerdos, a causa de la asociación libre, han sacado otros recuerdos que no sabía que tenía, pero estaban ahí. Y esos han sido los peores.

XL. ¿Cree necesario revisar la memoria histórica de un país?

A.G. Es positivo poner las verdades históricas en conocimiento de todos. Puede ser un eficaz aviso de lo que fueron aquellos tiempos. Además, la verdad es necesaria.

XL. Sostiene usted que su generación, la de los 50, fue una operación de marketing propiciada por Jaime Gil de Biedma. ¿Y eso?

A.G. No es que lo sostenga yo, sino que se lo dijo él mismo a Jesús Fernández Palacios. Que eran una operación de marketing. Querían ascender de ser el grupo de Barcelona a ser una generación. Bueno. A mí no me parece mal. Pero yo, desde luego, no tengo nada que ver con grupos ni con tendencias ni con generaciones. No creo mucho en ellos.

XL. Queda el gran autor, que fue Claudio Rodríguez.

A.G. La presencia de Claudio Rodríguez es la demostración de que es falsa la tendencia grupal. De hecho, se trata del autor que desmonta la llamada generación de los 50 con su más temprano poemario. Enfrentar la obra de Jaime Gil de Biedma, breve, muy breve, porque él era muy listo y se dio cuenta muy pronto de que no tenía nada que hacer, con la de Claudio Rodríguez, quizá el poeta más importante de la segunda mitad del siglo XX, viene a demostrar que no hay ningún tipo de homogeneidad poética en tal grupo. Sino al contrario, hay unas diferencias a partir de las cuales no se puede pensar en una generación. Su caso, y precisamente en lo que concierne a Don de la ebriedad, es algo tan fuerte como pueda serlo la obra juvenil de Rimbaud.

XL. Como ellos, fue usted también un poeta precoz: publica La tierra y los labios en 1952.

A.G. No, no me considero poeta precoz. Mi poesía de juventud es floja. Aquellos poemas que no he destruido, pero sí he sometido a reescritura, no proporcionan una poesía mayor. Yo estuve del orden de 10 u 11 años sin apenas escribir. Pienso que mi voz, buena, mala o como sea, no aparece hasta los cuarenta y pico años.

XL. ¿Se sigue considerando un francotirador?

A.G. No. Lo que ocurre es que al parecer, según la crítica, estoy fuera de tendencias hegemónicas. Pero yo hago mi poesía…

XL. Aprende a leer en el único libro que publicó su padre, poeta modernista.

A.G. Aprendí a leer en ese único libro cuando tenía cinco años, es decir, en el año 36, cuando las escuelas no se abrían porque ya estábamos en guerra. El caso es que descubrí los signos de la escritura y al mismo tiempo la naturaleza de la palabra poética, una palabra que se comprende a partir de la sensibilidad, no del razonamiento discursivo.

XL. ¿Recuerda cómo empezaba aquel poemario?

A.G. No.

XL. ¿Sería usted poeta de no haberlo sido su padre?

A.G. No lo sé. Podríamos decir que, entre comillas, él me condenó a ser poeta. Yo ya estaba magnetizado por la poesía. Pienso que, de no haber sido aquel libro, hubiera sido cualquier otro.

XL. ¿Hasta qué punto le marcó su ausencia (muere al tener usted un año)?

A.G. Mucho porque mi infancia y mi primera juventud se desenvuelven soportando la noción de la muerte. Es decir, mi madre, quizás con poco acierto, me hacía sentir mucho la ausencia de mi padre. Y, simultáneamente, yo veía las cosas horribles y la muerte en la calle. Eso ha hecho que mi poesía, aún siendo la más actual, se produzca en la perspectiva de la muerte, pero desde el amor a la vida
XL. Me comentaba que nunca le habían preguntado para qué sirve la poesía, pero sí que le han hecho definir muchas veces el acto poético. ¿Le sigue siendo difícil contestar esa pregunta?

A.G. No, lo que pasa es que hay montones de respuestas inconcretas. Yo puedo decir que es el arte de la memoria. Yo puedo decir que se trata de la creación de un objeto de arte cuya materia es el lenguaje. Y puedo seguir así continuamente porque definir la poesía es prácticamente imposible en términos totalizadores. Hay muchas, pero todas ellas incompletas.

XL. Le traigo un par para que las juzge. ¿Le parece bien que se las lea?

A.G. Adelante.

XL. «No tengo nada que decir y lo estoy diciendo y eso es poesía», de John Ashbery. ¿Está de acuerdo?

A.G. Sí. Aunque es una manera indirecta de decirlo. Yo vengo a decir algo muy parecido, pero con otros matices. Quizá el que tenga la razón es Ashbery porque es un gran poeta. Yo tengo la mía. Digo que no conozco mi pensamiento poético hasta que no me lo dicen mis propias palabras ya escritas. Es paralelo.

XL. Un compañero de Ashbery, Frank O’Hara, reconocía estar demasiado triste como para ser poeta. ¿Lo suscribe usted?

A.G. No veo que eso sea una afirmación certera. Más de la mitad de la historia de la poesía se ha hecho desde la tristeza. Y sin embargo, como decía antes, la poesía está orientada a la creación de placer. Pero qué sería de la poesía sin Jorge Manrique, sin Leopardi, sin Pessoa, sin esos enormes poetas que están fundamentados en la tristeza.

XL. Emily Dickinson escribió que la poesía es la casa de la posibilidad. ¿Qué nos quiso decir?

A.G. [Piensa largo rato] La casa de la posibilidad. Es también una manifestación un tanto críptica e incompleta desde mi punto de vista. Quiero entenderla de la siguiente manera: en la poesía es posible lo que es imposible fuera de la poesía.

XL. Para usted Faulkner es un poeta. De lo que se deduce que el poeta no está ligado al verso.

A.G. Ajá.

XL. Suya: «La poesía existe porque sabemos que vamos a morir».

A.G. Si no supiésemos que vamos a morir, no tendríamos conciencia de que estamos avanzando hacia la muerte. Todo sería un impensable presente en el cual no habría esa manifestación, porque la temporalidad es un componente nuclear de la vida.

XL. Lezama Lima defendía lo oscuro como principio germinativo de toda escritura poética. ¿Qué es ese oscuro?

A.G. Mmmmm. Eso es perfectamente aceptable y yo estoy con Lezama Lima si entendemos que oscuro es lo que no se dice en términos del lenguaje que utilizamos para hablar ahora mismo, sino como un lenguaje que incluso el poeta desconoce.

XL. «El óxido se posó en mi lengua con el sabor de una desaparición», ejemplo de verso que llega por sí solo, en su caso llegó después de 12 años de silencio. ¿Es ese el milagro poético?

A.G. En ese verso hay una referencia a mi silencio. Mi lengua se oxidó, se paralizó. Pero yo eso lo sé después. A mí, lo que se me aparecieron fueron esas palabras. Hasta que no se me aparecieron no supe lo que pensaba, no antes.

XL. Según Brodsky existen tres clases de críticos: los ignorantes, los conchabados con alguna editorial o grupo de intereses y los que crean con sus reseñas o artículos, al punto que basta leer ese escrito en vez del libro. ¿Se adapta esta definición al estado de la crítica de nuestra república de las letras?

A.G. Las dos primeras especies de críticos me parece que existen realmente. En cuanto a la tercera, no. Porque la poesía no se explica, la poesía es, y por tanto un crítico que hace una averiguación de los contenidos aparentemente ocultos y los traslada a un lenguaje informativo, ese lenguaje informativo ya no tiene nada que ver con la poesía.

XL. ¿Qué siente cuando lee que los profesores se sienten amenazados por los alumnos?

A.G. Entiendo que la enorme cantidad de comunicación de violencias que se producen por la vía mediática, sean del tipo que sean, se incrusta en los jóvenes y hace que quieran identificarse con eso que, aunque maligno en su conciencia, tiene una cierta condición de convertir en astros, en héroes. Es una pena.

XL. ¿Escribirá su nieta poesía?

A.G. La poesía va a permanecer. Minoritariamente. Pero, la poesía, tanto en el terreno del lector como en el del creador, es un instinto con millones de años y por eso nunca va a desaparecer.

XL. Zapatero regala por Navidad poemarios suyos. ¿Qué le hace sentir eso?

A.G. Me satisface. Quizá porque somos del mismo pueblo, aunque él nació en Valladolid, pero fue por un empeño del padre, que era médico y quiso que José Luis Rodríguez Zapatero naciese bien atendido en Valladolid. Pero, bueno, si le interesa mi poesía por una razón afectiva y de paisajane, quiero creer que también le interesa como tal.

XL. ¿Qué es la gloria?, ¿qué es la gloria literaria?

A.G. A eso le constesto rapidísimamente. No lo sé. No tengo ninguna noción gloriosa.

David Benedicte
Publicado por Desconocido @ 17:02  | Entrevistas
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